
Tanta fantasía nos ha vendido Disney y Hollywood, con su producto visual, que la sociedad se ha comprado la idea de que, en realidad, sí se pueden realizar cambios como por arte de magia. Y el problema se agrava cuando escudados en el “bien común”, algunas personas, se creen con la autoridad de indicar lo que es correcto y lo que no lo es. De ahí, que todo lo que se sale de la heteronorma, posee un indició de “tener que ser arreglado o solucionado”, como si de un grave problema se tratara. Esto da origen a los Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual y la Identidad de Género (ECOSIG).
Los ECOSIG o las también llamadas terapias de conversión, no son más que artilugios pseudo psicológicos, psiquiátricos o hasta espirituales, que pretenden cambiar la orientación sexual, la identidad o la expresión de género a todas aquellas personas que se reconocen diferentes a la heterosexualidad binaria cisgénero. Estas prácticas llevan mucho tiempo de utilizarse, pero se “profesionalizaron” a partir del enfoque psicoanalítico de Freud y terminaron afianzándose entre las décadas de los 40´s hasta los 60´s, apoyados por organizaciones como la American Psychiatric Association (APA).

Aunque en el año de 1990 la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) y mucho antes, en el año 1973, la APA lo hizo, en el mundo se siguen realizando estas “terapias. En México, todavía hasta hace unos meses, eran practicadas y promocionadas las terapias de reorientación sexual. Sin embargo, el pasado mes de julio, el Congreso de la CDMX, aprobaron una reforma que castiga con la cárcel a quienes intenten corregir la identidad u orientación sexual de una persona.
Estos ECOSIG han utilizado diferentes actividades que confluyen en coerción psicológica, chantaje emocional, privación de la libertad, violencia verbal, amenazas, uso forzado de medicamentos, violaciones sexuales, terapias de aversión, electroshocks hasta exorcismos. Durante todos estos años que se han practicado estas atroces dinámicas para “regresar” a la heterosexualidad a las personas que no lo son, jamás se demostró la eficacia y funcionalidad de dichas actividades. Además, todas estas actividades representan una violación a los Derechos Humanos de las personas LGBTI+.

Más allá de las implicaciones legales que ahora representan estas pseudo terapias, lo que nos ocupa como sociedad es detectar ¿por qué hay personas que permiten ser llevadas a este tipo de organizaciones o gente que las realiza?, y más aún, ¿por qué existen personas que buscan estas terapias para cambiar su orientación sexual o identidad de género? o ¿por qué una familiar es capaz de causar tal daño a un ser querido con tal de volverlo a la “normalidad”? Esto solo índica que aún existe mucho camino por recorrer para naturalizar la diversidad en el terreno de la sexualidad.





